lunes, 7 de diciembre de 2015

21ª Cumbre del Clima en París por Andrés Barrio

París COP 21, el burro y la zanahoria


Esta cumbre tiene el objetivo de conseguir, por fin, un pacto que gestione el proceso mundial de descarbonización para que la temperatura del planeta no supere los definitivos 2ºC a finales de siglo.

Desde el  lunes 30 de noviembre, y hasta el sábado 12 de enero, se llevará a cabo la 21ª Cumbre del Clima en París. Este encuentro-conferencia cuenta con la participación de 195 países, más la Unión Europea, y tiene el objetivo de conseguir, por fin, un pacto que gestione el proceso mundial de descarbonización para que la temperatura del planeta no supere los definitivos 2 grados Centígrados a finales de siglo. Digo por fin, porque desde la 15ª Cumbre de Copenhague de 2009, donde se daba por finalizado e incumplido Kioto, ha sido imposible conseguir un acuerdo en firme y que dote a todas las partes de unas herramientas para realizarlo.

Estas cumbres no representan más que la confirmación de que existe un problema y de que ese problema requiere una solución firme y pactada a nivel global. Pero como suele ser habitual en estos casos, y como la mayoría de ustedes ya asumen, a las buenas palabras de la gobernanza mundial nunca le acompañan acuerdos reales debido a la omnipresente “sostenibilidad” de la económica capitalista. Una ejemplificación de la parábola del burro y la zanahoria, donde a una ciudadanía cada vez más consciente de la existencia de un cambio climático, la contentan con la habitual teatralización política y la promesa de que a la próxima viene la vencida.


Pero antes de analizar qué supone esta cumbre y cuáles deben ser los acuerdos y soluciones a tomar, debemos contextualizar qué supone el Cambio Climático, porque este no es más que el mayor reto al que se enfrenta la humanidad y la lucha para frenarlo es uno de los mayores fracasos de esta.

Este fracaso tiene un nombre: Kioto. El Estado español ha aumentado sus emisiones reales desde el año base (1990) hasta el 2012 en un 23,7%, un 15% si atendemos a las compras de derechos de emisión a terceros países y para lo que nos hemos gastado más de 800 millones de euros. Además, desde este año base y a nivel global, la concentración atmosférica del principal gas culpable del cambio climático, el CO2, ha aumentado de los 354 ppm en 1990 a los 400 ppm en este año, un máximo histórico desde que se tienen datos.

Esto ha derivado en un aumento de la temperatura global de 0,68ºC por encima de la media del siglo XX. En concreto, este mes de octubre se ha superado por primera vez el grado de media respecto al siglo pasado, un record cuyas consecuencias son más que apreciables.

Según Acnur, ya se producen más desplazamientos por el efecto del clima que por conflictos armados, la frecuencia y la intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos se ha multiplicado y la Biodiversidad se ha reducido en casi un 5% en lo que llevamos de siglo. El Estado español lleva acumulados 600 millones de pérdidas en la producción de cereal en los dos últimos años y, según el Instituto de Investigaciones Marinas de Euskadi (AZTI), el 50% de las playas del Cantábrico desaparecerán o serán inutilizables para final de siglo. Hasta la propia NASA afirmaba que ciudades como Amsterdam o Miami desaparecerán bajo el mar irremediablemente de seguir igual.

Estas constataciones que podrían ocupar el artículo entero, sólo dejan a las claras que es ahora o nunca y, ¿por qué es ahora o nunca? Pues por los famosos 2ºC de aumento de temperatura media. Como nos deja bien claro el panel intergubernamental de expertos de la ONU (IPCC), estos dos grados son los que marcan el límite entre la irreversibilidad del fenómeno y la, por lo menos, estabilización de este.

Dos grados de aumento de temperatura provocarían un doble efecto. Por un lado, un aumento del agua en estado líquido que haría que el efecto atemperante del mar se multiplicara, por lo que nunca se podría revertir el aumento de temperatura, y por otro, un aumento de temperatura de los océanos que haría imposible que este siguiera absorbiendo las 2 Giga-Toneladas de CO2 que absorbe actualmente, pues la solubilidad de los gases es inversamente proporcional a la temperatura del fluido.

A esto habría que sumarle que el deshielo de los tres grandes polos, Polo Norte, Antártida e Himalaya, liberaría hasta 1,5 billones de toneladas de CO2, que están retenidas en lo que se denomina el permafrost o el propio hielo. Así, nos encontramos en una perversa espiral de aumento de concentración de Gases de Efecto Invernadero, aumento de temperatura, deshielo, aumento de Gases de Efecto Invernadero… Pero a río revuelto, ganancia de pescadores. Shell ya ha obtenido el permiso de EEUU para la explotación de los nuevos yacimientos de petróleo accesibles por el deshielo. Así que espiral, espiral, espiral…

Y la espiral nos devuelve a París y al encuentro en que nuestros “líderes” mundiales deben decidir si el burro se come al final la zanahoria o no.

El primer impedimento para que esto ocurra es un error de concepto, y es que cuando hablamos de emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) tendemos a fijarnos en focos de emisión directa y no en ver el problema en su conjunto. Este problema es que nuestro modelo productivo, de consumo, energético, social, de transporte y ocio, es un modelo insostenible para el planeta. Para revertirlo, y previamente a cualquier acuerdo, se debe introducir el concepto de contabilidad ecológica y de huella de carbono a cualquier plan de desarrollo.

Pero si nos fijamos en el principal caballo de batalla, que es la reducción de emisiones directas de GEI, cualquier acuerdo que esté por debajo de las indicaciones del panel de expertos de la ONU sería un error. Este fija que una reducción menor al 50% de estas emisiones nos aboca irremediablemente a un aumento de 4ªC para finales de siglo.

Las previsiones no son nada halagüeñas. La fórmula que se ha elegido para afrontar esta cumbre y que la diferencia de las otras, es la presentación por parte de los estados participantes de unos compromisos voluntarios de reducción. Estos compromisos, presentados ya por 156 de los 195 países participantes, no llegan en ninguno de los casos al 20%, que derivan según han declarado los expertos en un aumento de 2,7ºC. Aún así, los países plantean crear un mecanismo para revisar sus objetivos al alza cada cinco años, de manera que con el tiempo vayan siendo más ambiciosos… Claro.

Además, la no existencia de revisión (o abolición) de los ETS o mercados de derechos de emisión, favorece la situación actual de los grandes estados del G20, que emiten 2.000 veces más GEI que el resto de países, perpetuando el actual modelo de imposición Norte-Sur.

Por último y en lo que se refiere a lo que necesitamos que salga de París, es una financiación finalista y vinculante. Una financiación que, según la OCDE, no puede ser menor al 5% del PIB mundial. Nada exagerado si contemplamos que de no hacerlo ahora, revertir la situación en 2050 nos costaría el 50% del PIB según la propia Organización.

Cambio de modelo

Como ya hemos dicho antes, el actual modelo capitalista y su paradigma de crecimiento infinito, además de haber demostrado que no se traduce en justicia social ni reducción de la desigualdad, tampoco es justo en materia medioambiental.

Para ello debemos fijarnos un horizonte 100% renovable para el año 2050, implementando el concepto de Soberanía Energética, no solo del exterior y nuestra dependencia de Hidrocarburos, que es básico, sino de los ciudadanos respecto a las empresas, potenciando el autoconsumo, el municipalismo y el cooperativismo, previa nacionalización de los grandes centros de producción y de las redes de transporte.

Una producción renovable a pequeña escala y cercana a los puntos de consumo es el futuro de un sistema que actualmente utiliza a la Energía como un bien de consumo más y no como un recurso esencial para las personas. Esto permitiría una reducción del 60% del consumo energético.

Una apuesta decidida por el transporte colectivo y de baja emisión, implementando medidas de urbanismo y consumo que reduzcan los desplazamientos.

Y por supuesto, un cambio de modelo productivo, donde se garantice el trabajo a través del desarrollo de empleos verdes y en servicios sociales, que realice un verdadero desarrollo rural, que apueste por la producción y el consumo de cercanía, así como por una investigación y desarrollo real que nos abra a la industria 4.0 baja en emisiones y de forma planificada.

Pero sobre todo, algo que debería cuestionarse cualquier cumbre mundial que quisiera realmente frenar el cambio climático, es la oposición a los actuales acuerdos de la OMC y el actual mareo de recursos, manufacturas y consumo. Estando a las puertas de un Tratado Transatlántico de Libre Comercio e Inversiones (TTIP), hablar de reducción de emisiones directas es verdaderamente irrisorio.

El verdadero peligro ambiental del TTIP no está sólo en la armonización legislativa a la baja y de los estándares medioambientales, sino en el aumento que esto supondría en el transporte de materias primas y productos.

Ante todo esto, las organizaciones políticas, sociales y ecologistas que aspiramos a un cambio de sistema más justo social y medioambientalmente, quisimos recuperar el espíritu de Génova o de Seattle para realizar una cumbre alternativa. Esta estaba compuesta de actos, charlas y movilizaciones, que pusieran a nuestros gobernantes frente a la realidad y frente a la alternativa.

Pero no podrá llevarse a cabo, ya que la pérdida de libertades que el intento por conseguir la imposible seguridad total en Francia, después de los atentados del pasado 13 de octubre, ha hecho que se prohíba todo tipo de movilización en sus fronteras hasta que el Estado de Emergencia se levante.

Pero esto no acaba aquí. En nuestra mano está cambiar nuestros hábitos y modificar las políticas que nos han llevado a esta situación. O cambiamos de sistema o cambiamos el clima. Ustedes deciden.

Andrés Barrio.  
Oceanógrafo e Ingeniero Medioambiental. 
Miembro del CPF de Izquierda Unida (IU)

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